El primer desaparecido de Bahía

El militante de la Juventud Universitaria Católica Daniel Bombara fue secuestrado a fines de 1975 y asesinado poco después por militares y policías. Su cuerpo fue identificado en 2011 por el equipo de Antropología Forense.

El militante de la Juventud Universitaria Católica Daniel Bombara fue secuestrado a fines de 1975 y asesinado poco después por militares y policías.

Los restos de Daniel Bombara, el primer desaparecido por el terrorismo de Estado en Bahía Blanca, descansarán desde hoy en la parroquia de la Santa Cruz. Militante de la Juventud Universitaria Católica y luego de la Juventud Peronista, Bombara fue secuestrado a fines de 1975 y torturado hasta la muerte por militares y policías bajo el mando del general Jorge Olivera Róvere. Para encubrir el crimen trasladaron el cuerpo a 700 kilómetros, lo quemaron, e inventaron una fábula que difundió La Nueva Provincia, diario que la Justicia investiga por su “comprobada campaña de desinformación y de propaganda negra”, según el tribunal que condenó al primer grupo de represores bahienses. En 2011, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Bombara en una tumba sin nombre de un cementerio de Merlo.

“Viví durante 12.953 días en estado de incertidumbre”, resumió entonces su hija Paula. “Lo iré desdesapareciendo con mi amor y el de mi mundo de afectos”, dijo. Por decisión de Paula y de Andrea Fasani, la esposa de Daniel, sus cenizas serán enterradas hoy en la iglesia de la Santa Cruz. El homenaje, que incluirá una misa del padre Carlos Saracini, es a las 19 horas en la parroquia de los pasionistas, en Urquiza y Estados Unidos.

Bombara estudió en el colegio Don Bosco y siguió el Profesorado de Psicología en el instituto Juan XXIII, de los salesianos. Presidió el Grupo Misionero Bahiense, militó en la Juventud Universitaria Peronista y en el frente barrial de la JP en Villa Nocito. En 1970, los servicios tomaron nota del militante de 19 años que al frente de una asamblea repudió a dos marinos que le sacaron el micrófono de las manos al sacerdote Duilio Biancucci mientras leía una carta de otro religioso para desmentir acusaciones de subversión y comunismo. Los estudiantes del Juan XXIII, en un comunicado que firmó Bombara, se solidarizaron con el cura y “con la doctrina social de la Iglesia, que sin fanatismos ni compromisos dudosos realiza, a pesar de ciertos opositores, su auténtico compromiso evangélico”.

La directora del diario bahiense, Diana Julio de Massot, ya pedía sin reparos “que alejen de las filas del clero a esos falsos profetas que difunden su nefasta prédica desde los propios seminarios, universidades, movimientos y grupos católicos”. Los grupos locales enfrentaban a La Nueva Provincia: “Se oponen sistemáticamente a toda manifestación en pro de la justicia social y emplean para ello todos los recursos, incluso aquellos que nos atrevemos a considerar inmorales”, advertían a fines de 1970.

No hubo noticias del paradero del cadáver de Bombara hasta junio de 2011, cuando el EAAF identificó sus restos en una tumba sin nombre del cementerio de Santa Mónica, en Libertad, partido de Merlo. Bombara ocupó la sepultura “ME-K-2-123” hasta noviembre de 2009, cuando lo exhumaron los antropólogos. De los registros del cementerio surge que el cuerpo “carbonizado y politraumatizado” apareció en “Ruta 1003 y Pereyra” el 5 de enero de 1976, al día siguiente de la fábula que publicó La Nueva Provincia, diario que el tribunal oral ordenó investigar como responsable de una “comprobada campaña de desinformación y de propaganda negra, destinada no sólo a imponer la versión de los victimarios sino principalmente a colaborar en la creación de un estado tal de anomia legal en la sociedad que permitió el ejercicio brutal de violencia irracional y desatada por parte de la estructura estatal”.

“Viví durante 12.953 días en un estado de incertidumbre. No podía dar respuesta a una pregunta básica: ¿adónde está papá? Crecí con ese dolor y construí mi vida alrededor de incontables respuestas ficticias a esa pregunta. No es fácil crecer con un padre desaparecido. Crecí sin seguridades, sin calma, con miedo y dolor”, les explicó Paula a los jueces que luego condenaron por el asesinato de su padre a los coroneles Walter Bartolomé Tejada y Jorge Horacio Granada. “Papá me dejó poemas donde habla de un mundo lleno de paz y alegría, un mundo más justo. Siempre he tratado de sembrar eso en mi vida y entre quienes me rodean”, explicó Paula, escritora de literatura infantil que contó su historia en la novela El mar y la serpiente. “Lo tuve tres años, pero en ese tiempo supo transmitirme que el valor de la vida está en poder estrecharnos en un abrazo. Y nuestra sociedad será mejor cuando la impunidad se acabe y la justicia nos abrace a todos por igual”. (Fuente: Página 12)

Un comentario

  1. Damian
    martes 26 de marzo de 2013

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